“No hay que ser genio para imprimir en 3D”

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“Dale print a mi vestido por favor; en un rato me pasan a buscar”.

“¿El hígado para el paciente X lo imprimimos esta noche?”

“¿Y si compramos una impresora mejor antes de terminar de diseñar nuestra casa?”

“Dale, apurate con la impresión del auto que quiero salir el fin de semana”.

Suenan a diálogos de ciencia ficción. O será que el futuro llegó hace rato. Esta semana los tucumanos nos quedamos asombrados cuando un ingeniero local diseñó e imprimió en 3D dos prótesis para un niño que había sufrido la amputación de sus piernas. Lo hizo con poca plata en unos cuantos días, desde un pequeño cuarto de su casa con una máquina impresora que compró por internet. Y confirmó lo que los expertos vienen diciendo desde hace un tiempo: que la impresión 3D es la llave de la cuarta revolución industrial.

Se trata de una tecnología que permite a cualquier persona crear lo que quiera, desde la comodidad de su hogar. Concretamente hoy en día no hace falta ser ningún experto para descargar y obtener los planos, como si fuese un archivo de Word o Excel, para fabricar un objeto. El dueño de esta afirmación es el ingeniero Edgardo Karschti (38), de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), regional Tucumán. El fue quien se ofreció a ayudar a Valentín Benítez para que pudiera caminar y estar a la altura de sus compañeros de escuela. El pequeño, como consecuencia de una gravísima enfermedad, había perdido sus extremidades inferiores, desde la rodilla para abajo. Ninguna prótesis, ni siquiera unas que consiguió su familia por más de $50.000 le resultaban cómodas. Ahora, con las piernas que imprimió Karschti por $500 camina feliz.

Nada del otro mundo

“Se puede pensar que es una gran ciencia, que se necesitan muchos conocimientos o ser un profesional para hacer esto. Pero no. Cualquiera que ponga un poco de empeño y tenga una idea podrá construirla con una impresora 3D sin necesidad de tener una fábrica. Por eso esto viene a revolucionar la industria”, señala el ingeniero, que divide sus horas como docente en la UTN y como jefe de laboratorio en la Escuela Técnica Nº5.

¿Qué es lo que se viene? ¿En 10 o 20 años será posible imprimir lo que uno quiera con tan solo el costo de la materia prima? Esta y otras preguntas le hicimos a Karschti. Lo visitamos en su sencilla casa del barrio Modelo, donde vive junto a su esposa Mariela y sus hijos, Conrado y Gael. En el fondo tiene una pequeña pieza, con ropa amontonada. Sobre un tablón, contra la pared, hay dos máquinas cuadradas, con una base de vidrio, que no llaman la atención de ninguna manera. Están conectadas a una notebook. “Ven que no es nada del otro mundo”, observa este ingeniero concepcionense de bajísimo perfil.

Inquieto por naturaleza, el año pasado se compró las dos máquinas por internet. Las hizo traer de China. Lo primero que hizo fue diseñar un sistema de autolimpieza que lo presentó en el concurso de emprendedores Innovar. Pero él quería hacer algo importante. Entonces, se puso a fabricar una mano ortopédica, se unió a un grupo de Facebook, conoció a la familia de Valentín y le ofreció ayuda.

¿Cómo es?

Karschti define a la impresión 3D como una revolucionaria tecnología que está cambiando la forma en que se confeccionan los productos. “Comprar una impresora no es algo carísimo. Salen desde $ 15.000. Y su funcionamiento es sencillo. Hay que conectarla con una computadora y tener un programa especial para impresión 3D (hay muchos gratuitos). Antes de imprimir hay dos opciones: uno puede entrar a librerías y buscar allí la configuración básica de distintos objetos. Hay de todo. Eso se baja como un archivo. Después podés cambiar algunas dimensiones o lo que quieras. Otra forma es escanear lo que quiero imprimir con un escaner 3D y modelarlo un poco. Eso lo convierto en un archivo que lo toma el programa de la impresora y empieza a hacerlo realidad”, describe.

La máquina, que posee tres ejes, toma el filamento, enrollado en un carretel, y lo va extruyendo. Luego, crea una capa y otra y así se va elevando hasta finalizar el trabajo. Es fundamental que la cama (una placa de vidrio) esté nivelada y tenga un aerosol que permite que no se mueva el objeto que se está imprimiendo.

Imprimir, por ejemplo, las dos prótesis para Valentín demoró unas 10 horas. “Pero también sumamos 60 horas de desechos de impresión”, destaca el experto. Cada rollo de un kilo del filamento que usa la máquina cuesta entre $400 y $600. Vienen de todos colores. Una prótesis necesita 400 gramos.

“Popularmente se imprime en plástico, pero cada vez más hay proyectos que incluyen aluminio, telas, vidrio y metal, por ejemplo. Hay quienes ya están imprimiendo comida, ropa y hasta armas. El gran futuro de esto, sin dudas, es la fabricación de tejido humano”, concluye el experto. Y confirma que sí, que el futuro llegó hace rato. Aunque algunas cosas aún no tengan respuestas, por ejemplo qué pasará con las marcas registradas y las patentes cuando la copia de un producto sea exactamente igual a la original.

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El chico que en la escuela soñaba con ser creativo, pero nadie lo escuchaba

Poder hacerle las prótesis a Valentín para sus piernas fue solo el primero de todos los sueños que tiene el ingeniero Edgardo Karschti. Ya empezó a pensar cómo le imprimirá la mano derecha al niño, que también la perdió como consecuencia de la púrpura fulminante que sufrió cuando tenía tres años.

Pero el sueño más grande que tiene Karschti va más allá y tiene que ver con una historia de frustración que vivió cuando estudiaba en la secundaria. Recuerda que a él nadie lo entendía, que quería hacer cosas diferentes pero los docentes lo “machacaban” para que estudiara al pie de la letra lo que decían los programas.

“Yo quería ser creativo, tenía algunos talentos, tenía sueños y nadie me escuchaba. Incluso, quedé de curso en cuarto año. Sin embargo, cuando entré a la facultad fui uno de los primeros en recibirme”, rememora, con claro enojo.

“El problema que hoy tenemos con la educación es que a los alumnos no les interesa la escuela porque es algo repetitivo y esquemático. ¿Por qué no cambiamos? ¿Por qué no preguntarles a los chicos cuáles son sus talentos? Y a partir de ahí motivarlos, desarrollar sus capacidades, ver cómo la lengua, la geografía y otras materias pueden ayudarlos en eso que a ellos les gusta; direccionar las materias en ese sentido. Lo digo como docente de un secundario; estoy muy preocupado porque veo mucha violencia en los alumnos, en los padres contra los profesores, chicos que esperan colgados del portón el momento para escaparse. La escuela no es un lugar que los atrape, que los ayude a cumplir sus sueños”, explica.

“Por eso yo siento que la impresión 3D puede también ser una revolución en las aulas. Al que le guste la música puede fabricar sus propios instrumentos; otros podrán diseñar e imprimir herramientas. Cualquiera que tenga un sueño podrá hacerlo realidad”, describe el docente, que ya decidió que donará una de las impresoras que tiene a la escuela técnica en la que trabaja para que los chicos puedan sacarle el jugo.

“Lo más importante en la educación debería ser la creatividad y en eso ayuda mucho la impresión 3D. Uno se la tiene que jugar. Claro que te podés equivocar. Hay mucha gente imprimiendo y expertos que saben mucho más que yo; sin embargo, pocos se animan a hacer cosas grandes por miedo a meter la pata”, resalta.

Desde figuritas hasta un edificio

 Para muchos, la impresión 3D es un gadget eficaz solo para reproducir figuritas en plástico. Sin embargo, las nuevas impresoras son capaces de utilizar metales, madera o tela. En Estados Unidos crean uniformes, alimentos y  prótesis de todo tipo para implantar el pacientes. Las impresoras 3D ya han sido usadas para crear maxilares, pelvis y varios reemplazos de cadera personalizados con metal. Científicos de ese país ya han implantado con éxito en animales estructuras de tejido vivo fabricadas con una sofisticada impresora 3D y ya se crearon órganos como orejas y vejigas. Donde tienen un uso generalizado estas impresoras es en la industria automotriz porque ayudan a producir autopartes. Recientemente Dubai sorprendió a todos al construir el primer edificio de oficinas íntegramente con esta tecnología. A un costo total de 125.000 euros (se estima que mediante este proceso se ahorraron entre un 60% y un 70% respecto de lo que hubiera costado construir con tecnología tradicional). Para hacer este módulo de 250 metros cuadrados usaron una impresora 3D de 6 metros de alto, 35 de largo y 12 de ancho.

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